Recuerdo esa mañana. ¿Llovía? No.
Había niebla. Quizás no la recuerdo tan bien como quiero.
Tal vez no era el clima algo relevante. Había un rojo estremecedor que gritaba mi nombre como ahogado en llanto… Lo admito, no soy muy bueno planeando citas, pero esa noche quería que fuera especial. Había pasado tiempo contigo. Y no sé por qué me entró la nostalgia. Ya sabes, de esa que de vez en vez te golpea como fantasmas de Navidades pasadas dejándote una deuda con la ética de un beso.
Quería que fuera especial. Fue especial, ¿verdad?
Al menos hubo un tipo tocando el violín en unas de las calles por las que pasamos, luego de que olvidara que eres alérgica a los mariscos. No creo que hubiera momento más romántico en mi vida que aquel cuando así, sin más, extendí mi mano preguntándote si querías bailar. No hablo del baile mismo; perdón por arruinar tus zapatos color cobrizo.
El momento me pareció idóneo, propicio.
Estabas ahí, y yo también... y entonces el lamento del gato disfrazado de melodía. Y esa luna que se asomó tímidamente por el reflejo de las ventanas, porque los edificios eran muy elevados como para que el cielo nos bendijera.
Nunca fui un príncipe, ni sé sobre poemas. Tú tampoco eras una princesa; te veías bella.
Estoy seguro que no te he dicho lo linda que te ves cuando no hay máscaras en tus ojos o labial en tu sonrisa. Me gustas así. Me gustas así.
Antes de regresar a casa, te pedí un último favor. Una última oportunidad para salvar la noche. Me sentí más nervioso incluso que la primera vez que besé tus labios, más indeciso que aquel tiempo donde temblaba al sólo escuchar tu nombre y sufría en las esquinas suspirando añoranzas.
Lo siento. En verdad no pude pensar en nada.
Sé que te había decepcionado. Sé que también fue extraño que de pronto te preguntara de la nada si querías salir conmigo. Lamento haberte asustado cuando te dije que te quedaba bien aquel vestido. Disculpa por olvidarme de todo lo demás; las constantes peleas por cosas que no sabemos bien. A veces es difícil ceder.
Volvimos a casa y yo seguía queriendo hacer algo por ti. No tenía en mente acostarme contigo. No que no haya querido. Tú me haces feliz. Sólo que no era la forma en la que quería hacerte sentir bien.
Lamento haberlo arruinado otra vez.
Entramos a la sala pero nada era igual. ¿Por qué todo estaba tirado? ¿Por qué había ruidos extraños?
Una sombra y un grito.
Ahora que lo pienso bien... no era que lloviera afuera. Sólo tus lágrimas recordando que me quieres tanto, mientras tu vestido se entintaba con mi sangre.
No había niebla. Mi vista se nublaba y tu imagen se disipaba lentamente entre la angustia de que mañana no podría acompañarte. Las sirenas cantaban y yo sabía que no debía escucharlas. No quería ser llevado ni por Dios o por el diablo. Quería estar contigo. Quiero hacerlo todavía, pero se me va el aliento y esta marea me arrastra hacia el abismo.
Infinito. Puro. Y Oscuro.

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