—Disculpe, señor —pronunciaron los gruesos y rosados labios del fornido guardia de seguridad, haciendo recorrer un escalofrío por toda la espalda de quien lo oyera, o casi, pues a quien iban dirigidas las palabras no tomó atención alguna—. Las cosas que se lleva, debe pagarlas.
—¿No? ¿En serio? —rebotó el sarcasmo de su ingenio instantáneamente, porque cuando intentaba salir de la caja, fue que se dio cuenta de que el guardia se dirigía a él y sólo a él, ya que el resto de las personas era insignificante y, ¿¡cómo no iba a serlo!? Ellos no habían sido pillados in fraganti.
—Me temo que tengo que pedirle que me acompañe.
—No veo el porqué —devolvió con altanería, desafiando a aquel hombre de oscura tez y exagerada blancura en sus dientes; quizás, un efecto óptico, una jugarreta del contraste y el matiz de los colores—. Todo lo que llevo está en la bolsa y lo he pagado.
—No lo creo.
«Esto debe ser una broma», pensó el hombre; el resto de sus pensamientos fueron confusos, aunque suponemos que fue una mezcla de arrogancia, inexperiencia y mucha estupidez.
—Aquí no tengo nada —dijo con sonrisa inamovible, revisando sus bolsillos. Su mano derecha titubeó un poco; no se lo explicaba y el cerebro necesitaba confirmación, así que sacó el bulto que furtivamente se acomodaba en las entrañas de su pantalón.
«SKITTLES».
El tiempo se detuvo. Un pequeño infarto sacudió su pecho mientras sus tripas se contrajeron en sorpresa. «Dile que no sabes cómo llegó eso ahí». Esas fueron las exactas palabras del perverso diablillo sentado en su hombro izquierdo, el lado oscuro de su consciencia. Bastante oscuro, porque hay que ser tarado para creer que una excusa así podría expiarlo de este embrollo.
—Bien —por fin dijo—. ¿Qué tengo que hacer? —No había temor o duda en su voz, menos en su semblante, aunque ya no estaba la sonrisa stamped en su cara—. ¿Le devuelvo esto o me lo quedo y lo pago?
—El procedimiento, señor, es que me acompañe —el uniforme se divertía, no tan sólo porque simulaba a un travieso niño observando a un hormiguero, hipnotizado por el marchar de las obreras, sino que le antojaba doblegar al supuesto ladrón.
En otra dimensión… digamos la mente del muchacho, había una tormenta: rayos, truenos y relámpagos sinápticos intentando hacer que el gastado cinescopio reprodujera la escena en que la bolsa de dulces se subiera por su pierna y hasta el bolsillo de su pantalón. «¡Diablos! ¿Por qué abuso del recordatorio en el teléfono celular?», fue el eco que alguna neurona produjo al explotar. Si no abusara de la agenda digital, al menos su cerebro tendría algo de experiencia recordando cosas.
La tensión que sudaban tanto el guardia como el hombre, sumado a la morbosa curiosidad de los demás clientes del supermercado, parecía extender los segundos, pero él era tan ágil como un zorro y respondía al instante, sin dejar espacios para que el brillo de la placa suspendida en el pecho de la azul camisa lo intimidara un ápice. En su mano izquierda estaba la respuesta. Sacando el abollado papel y sacudiéndolo para que la gravedad le ayudara a que fuera legible, dijo: —Mire, yo vine a comprar estos productos y todos ellos ahora conversan alegremente dentro de mi bolsa de papel, por la cual también pagué un penique o dos. Si se fija y presta atención, verá que en mi ruta de compra no pude haber pasado por el pasillo donde se halla la góndola que exhibe los SKITTLES: una jugada brillante.
—Eh —escapó del guardia—. En todas las cajas hay góndolas que exhiben SKITTLES, señor —como queriendo decirle con el tono de voz: «¡¿Me ves cara de idiota?!».
—Cierto, cierto —y cómo no, si todos los genios del marketing sabían que poner caramelos en las cajas era el negocio del siglo—. ¿Entonces pago el producto y me deja ir, o lo devuelvo y me deja ir?
—Lo siento, señor —replicó el guardia, un poco fastidiado por la porfía del joven—. Pero me temo que debe acompañarme —enfatizó.
—¿Sabe? —comenzó de nuevo el hombre—. Yo no tengo tiempo y mucho menos lo tienen los congelados que llevo conmigo. Entonces, ¿me va a cobrar o lo dejo en su lugar? —Él lo supuso desde un principio: si se ponía a dar explicaciones no le iban a creer, tampoco fuera que lo iban a escuchar, por eso, sólo podía hacer lo correcto… en retrospectiva.
Suficiente. La paciencia del guardia, que originalmente sólo era curiosidad, se agotó. Acariciando uno de los botones del transmisor que descansaba sobre su hombro, se comunicó con Jones, el de la central, y le pidió bajar, no sólo con el código de procedimientos, sino que con el gerente también. Era obvio: Jones sería el primero en arribar a la caja número nueve. Las puertas automáticas que daban la bienvenida a los nuevos clientes dejaron entrar a la fresca brisa invernal que, sin un poco de timidez, le levantó la falda a una abuela. Claro que nadie se preocupó de los calzones de la vieja, ya que era más intrigante ver el desenlace de la guerra de miradas entre el guardia y el hombre.
—Si puede ver aquí —dijo el guardia, tomando de las manos de Jones el libro de procedimientos e indicando los pasos a seguir—, usted debe acompañarme.
—Y si usted puede ver lo que digo, déjeme pagar los SKITTLES o devolverlos.
Esta discusión iba a volverse una elipse… ya ni sabían, o no querían creer cómo había empezado, pero ambos querían acabar pronto y sin violencia de por medio. El guardia no quería otra demanda, ni el hombre quería perder su dignidad.
—Señor Ingram, ¿es usted, señor? —Ambos, tan absortos y concentrados en inflar sus pechos, como si expandir sus pulmones les diera mayor razón o poder sobre el otro, no notaron que el gerente había llegado.
—¡Oh! —Volvió su vista al gerente—. ¡Marcos! —aunque no cambió la expresión de su rostro—. Ha habido un pequeño error. No sé si pagar estos SKITTLES o devolverlos.
—¡Pero, señor! —dijo Marcos, sorprendido—. Si los quiere, ¿por qué no sólo se los lleva?
—Porque el guardia me detiene.
—Tomás, deja que el señor Ingram se vaya con los SKITTLES.
—… Sí, señor —titubeó el guardia, pero su cara estaba tan perplejamente desfigurada con la intriga que Marcos tuvo que agregar—: El señor Ingram es el dueño del lugar.
—¡Pero no me lo llevaré gratis! —agregó, sacando de su bolsillo 50 peniques—. Y por favor, guarda el cambio, Tomás. El guardia estaba pálido. Lo sentía mucho y no pudo sino disculparse numerosas veces con Ingram.
—Descuida. Yo también me tengo que disculpar.
—¿De qué, señor?
—Yo no llevo congelados.
Así, el señor Ingram por fin pudo salir libre de su propio supermercado. Cruzó las puertas creyendo que Niké le había sonreído otra vez. Pero se preguntaba… Sacó nuevamente el paquete de SKITTLES de su bolsillo y le dedicó una mirada: «¿Tanto alboroto por unos caramelos?». Quizás si no hubiera estado tan pendiente de la nada, hubiera visto aproximarse a quien no podría ser descrito de otra forma más que como un ave rapaz. Cortando el aire de la atmósfera, cruzó rápidamente por el frente del señor Ingram, tomando de sus manos la bolsa de SKITTLES. Su plan había dado resultado. Infiltrar los dulces en el pantalón de un extraño, esperar a que saliera con su tesoro para robarlo de las manos del tonto. ¡Un verdadero plan maestro!
—¡MIS SKITTLES! —gritó el acaudalado hombre, ante la imposibilidad de seguir a su asaltante; éste se había perdido entre la multitud y la nieve, para siempre, con los SKITTLES.

…