La puerta golpeó la campanilla, interrumpiendo el sonido de las aspas en su intento de revolucionar el ambiente de la tienda. Las gruesas y oscuras botas de cuero reforzado, adornado por hebillas para nada tímidas anunció lo obvio. ¡Un cliente! Pisadas al compás de un metrónomo imaginario acercaron al visitante al mostrador. La monótona sinfonía del rechino de la mecedora, también se interrumpió ante el visitante. Cada una de las articulaciones de la ososa anciana, se estremecieron casi deleitando al caballero.
-¿Sí?- dijo la dama de edad avanzada con una voz tan seca como el Sahara. Hacía tiempo que la señora no decía nada, así que captó toda la atención de las moscas que decidieron detenerse a presenciar el show sobando sus patas con intrínseca maldad.
-Busco a la señora María Dolores.- La viejecita y por lo conocido que le pareció el hombre llevó sus temblorosas manos en busca de los anteojos que colgaban de su cuello hasta su ombligo, tal como colgaban sus desvencijados pechos. Evitando punzarse un ojo con su escasa precisión mecánica, posó los lentes en su cara, movió los cristales varias veces intentando que su pupila se ajustase a las condiciones del vidrio.
-Eres tú.- pronunció con dificultad. El abrasivo calor del verano no sólo había golpeado duramente el desolado desierto sobre el cuál se posaba esta estación de servicio, en medio de la nada por cierto, pero también había desintegrado la humedad de la garganta de la señora.
Uno podría pensar que ella tenía mala voluntad, al caminar arrastrando sus pies y avanzando a una velocidad que bien podía ser superada por una tortuga. Más, considerando que el hombre tenía alguna prisa por ver a María Dolores. Era necesario y urgente verla cuanto antes, pues estaba muy atrasada y los intereses subían al pasar cada segundo. Por fin, la señora cruzó la puerta que separaba la tienda de la casa en que vivían, bueno, casi, ya que aquel umbral sólo era el principio de una larga escalera. No realmente, porque en verdad sólo eran cinco escalones, pero a la velocidad de la anciana bien podría uno pensar que se trataba de las escaleras de algún templo shaolin sobre una de las tantas montañas de la China.
Las aspas del ventilador en el techo volvieron a tener protagonismo en la tienda, aunque parcialmente, pues la atención de las moscas seguía en el hombre. "¿No tendrá calor?" Se preguntaban viéndolo vestir esas botas de pesado cuero negro, unos ajustados pantalones de mezclilla que intentaban darle un descanso con los rasguños en las rodillas, pero que aún así no podían contra el poder de la pesada chaqueta que lucía unas tres púas por hombro. Quizás era de esperarse para un motoquero que viaja cortando el frío viento nacido de la velocidad que alcanza la pantera metálica de dos ruedas cuando corre por el asfalto, pero afuera no había motocicleta alguna. ¡¿Vino caminando desde la ciudad hasta este lugar?!
Mientras las ocurrencias de las moscas no cesaban en sus limitados pero veloces cerebros, el hombre se hallaba solo frente al mostrador. No sabía qué hacer para que la espera dejara de ser eterna. Empezó a mirar a todos lados de la tienda, buscando dónde entretener su mirada. Sin éxito. Tal vez si caminaba por los pasillos, viendo los productos que estaban bastante desatendidos y caducos… pero no, la verdad es que no le interesaba en lo absoluto ya que él sólo quería encontrar a María Dolores, hacer el encargo que su jefe le encomendó y marcharse.
Como la mayoría de las personas, odiaba su trabajo; Su mediocre trabajo.
Él que estaba preparado para grandes cosas y dispuesto de muchas formas para hacerse cargo de los trabajos difíciles en la empresa, no aceptaba que hubiera acabado como mensajero de malas noticias. Un trabajo de principiantes. Pero un error es un error y debe de pagarse asumiendo las consecuencias respectivas. Incluso él lo sabía, aunque no lo consolaba.
Entonces, una gota se deslizó desde su sien izquierda y por su mejilla hasta soltarse en la barbilla, reventándose en el mosaico de ajedrez del empolvado piso de mármol. No, no fue que el verano empezara a hacer efecto en él. Él ya estaba más que acostumbrado a infiernos como ésos. Fue que se dio cuenta que no estaba tan solo como se creía al principio. Sino que se encontró siendo observado por ojos inquisitivos, carentes de toda piedad y misericordia, preguntándose por qué hacía él aquí y cómo era posible esto.
Enmudecido por la sorpresa intentó contener la angustia y la vergüenza que tal grupo de consentidos le provocaba tanto en las vísceras como en la conciencia. Comenzó a sentir que se le agotaba el aire con cada segundo en que imperaba el aparente silencio del ambiente, sintiéndose aplastado e impotente, porque estaban claras cuáles eran las sentencias de esos ojos que no dejaban de apuñalarlo con injustificado dolo.
Tenía miedo, y cómo no, si estaba atrapado, porque si volteaba hacia el mostrador era muy probable que se viera atacado por la naturaleza traicionera de esos impíos seres, mientras que era un verdadero suplicio soportar la arrogancia que desbordaba de sus miradas.
Mordió su lengua, tanto como para liberarse un poco de la tensión como para contener el improperio que deseaba sacar de su pecho. Era precisamente este el tipo situaciones que provocaba que el trabajo de mensajero fuera tan aborrecible. Navegó por sus recuerdos intentando desviar su horror. Pensó en todo lo que podría traerle relajo, pero no halló nada útil en su cabeza. La opresión de la atmósfera se hizo más pesada una vez se dio cuenta que no habría forma de escapar. Quería rendirse, arrodillarse y pedir perdón mientras lloraba lágrimas de sangre como sacrificios de expiación.
"¡¿POR QUÉ?!" comenzó a hacer eco en su mente. "¡¿POR QUÉ?!"…
-¡Hey!- Los rojos labios de María Dolores le resucitaron al librar esa palabra.- ¿A qué observas tan aterrado?-
Él despejó su garganta antes de contestar.- A los santos que tiene en su pared.-
-¿Los santos?- escéptica se preguntaba.- ¿Por qué?-
-Porque soy un demonio.- Sonrió aliviado por el pánico reflejado en los ojos de María Dolores, la pecadora.

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